18 de mayo de 2012

Revista dfensor

Derecho a la no discriminación de la infancia callejera en el  D. F.: aporte desde las osc


Por: Juan Martín Pérez García/ Red por los Derechos de la Infancia en México.
En 1950 la sociedad mexicana se cimbró con la cruda realidad que reflejó en el celuloide la película Los olvidados del director español Luis Buñuel. Diversos sectores sociales de aquella época cuestionaron la intención y aproximación a un fenómeno social creciente en la capital del país: niños y jóvenes que sobreviven en las calles. Sin embargo, el éxito de la cinta ha trascendido por décadas debido al excelente abordaje de la exclusión social a través del drama de sus personajes. Algo que poca atención ha recibido es la introducción de la cinta, donde Luis Buñuel se adelantó a su tiempo, al señalar que la situación presentada era el resultado del incumplimiento de los derechos del niño. Esta película ha permanecido como referente innegable de la existencia histórica de los llamados niños de la calle y sirvió de inspiración a otra larga lista de producciones cinematográficas relativas al tema, las cuales tienen como escenario la ciudad de México.[1]
Los niños de la calle se convirtieron en “parte del paisaje urbano”, la cotidianeidad de su presencia ha opacado las causas sociales y la inequidad económica que alimenta el fenómeno hasta normalizar su sobrevivencia en el espacio público. Así, pensar en sus derechos humanos o preguntarse qué hacía el Estado mexicano y, en particular, el gobierno de la ciudad para atender el problema dejó de ser un tema de la agenda pública.


Desde la sociedad civil han surgido diversos esfuerzos para atender a quienes sobreviven en el espacio público. A finales de los años setenta del siglo xx, cuando el número de “niños inhaladores” iba en ascenso, aparecen los primeros esfuerzos organizados desde la Iglesia católica; luego, durante la década de 1990, sucede un estallido de pequeñas organizaciones con diversidad de propuestas de atención. Casi la totalidad de estas acciones civiles ofrecieron asistencia alimentaria y refugios nocturnos, algunas de ellas apostaron a procesos educativos y otras más comenzaron a cuestionar la ausencia del Estado en la atención de quienes sobreviven en el espacio público.
Por su parte, el [entonces] Departamento del Distrito Federal (ddf) tenía una dependencia conocida como Protección Social que fue denunciada varias veces por la violación sistemática a los derechos humanos, al “levantar” de la vía pública a quienes dormían en ella, llevarlos a instalaciones donde les rasuraban la cabeza, los uniformaban y recibían castigos físicos durante la reclusión arbitraria e indeterminada, además de padecer el autoritarismo de quienes dirigían esa institución. Algunas organizaciones como ednica, Casa Alianza y El Caracol denunciaron permanentemente las agresiones contra los niños de la calle.

En 1997, con la llegada de un nuevo gobierno a la ciudad de México encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, se apostó también por un modelo asistencialista pero sin la privación de la libertad como prioridad. A petición del jefe de gobierno, las organizaciones sociales presentaron una propuesta que fue publicada con el nombre de La Ciudad, sus Niños y la Calle (1999), que planteaba la articulación de esfuerzos públicos y civiles a través de ejes articuladores. Lamentablemente no hubo respuesta en esa administración.
La estrategia de incidencia desde el enfoque de derechos humanos

Al observar que las denuncias contra la violación de derechos humanos no lograban un impacto real en la vida de las víctimas, y después de contar con una consultoría externa para aplicar un nuevo plan estratégico en 2000, en la organización no gubernamental El Caracol desarrollamos un plan de incidencia que llevara la experiencia del trabajo educativo en terreno a un segundo plano de influencia con las y los tomadores de decisiones.
Para el primer plano de contacto directo con la población que sobrevive en el espacio público nos planteamos una tríada: Mirar-Pensar-Comunicar. Esto implicó convertir la experiencia del equipo de trabajo en programas, materiales educativos y productos gráficos para comunicar mejor el enfoque de derechos humanos.[2] El impacto en niños, niñas, jóvenes y familias en las calles fue notable: poco a poco observamos la incorporación del concepto básico de discriminación en su lenguaje y el planteamiento de demandas por ser respetados.
En segundo plano buscamos otra tríada: Visibilizar las violaciones a los derechos humanos-Propuestas-Cambio de práctica social. Esta tríada asumía en positivo el conflicto como generador de cambios para la presión-acción de las entidades públicas. Fue interesante observar que la normalización de la discriminación contra determinados grupos está tan interiorizada en la sociedad mexicana y en las instituciones del Estado que aún es necesario mantener un diálogo permanente para eliminar falsas creencias difundidas entre algunas funcionarias y funcionarios que impiden el reconocimiento de derechos a la población que sobrevive en la calle.
1. Tríadas de acción con niños de la calle propuestas por El Caracol.

¿Quiénes sobreviven en la calle?
En la década de 1990, algunas experiencias de Colombia y Brasil recorrieron el mundo por sus aportes metodológicos para ofrecer una atención gradual para “descallejerizar” o para promover la organización de los meninos de rua. Estos debates en las organizaciones sociales de la región nos motivaron para que en El Caracol conceptualizáramos desde otro enfoque el fenómeno social de quienes sobreviven en la calle.

Reconocimos que las conceptualizaciones que el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) promovió en la década de los ochenta no reflejaban la realidad con la que trabajábamos, y tratamos de alejarnos de los conceptos niño en la calle para definir a quienes trabajan y tienen familia y niño de la calle para quienes duermen en la vía pública y carecen de contacto con sus familiares naturales,[1] ya que estas descripciones operacionales aportaban poco para entender el complejo fenómeno social de niños y niñas que viven en las calles de la ciudad.
Desde distintos espacios señalamos que el fenómeno social callejero ha evolucionado en las últimas décadas y ahora coexisten en el mismo espacio niños, niñas, jóvenes con familias y personas adultas y mayores. Todas y todos ellos conforman las poblaciones callejeras: quienes comparten la misma red social de sobrevivencia y en conjunto han gestado una cultura callejera que les permite la transmisión de saberes que facilitan la supervivencia en un medio tan hostil como la calle.

Del niño de la calle a las poblaciones callejeras, aporte de la organización no gubernamental El Caracol
Medir la presencia de niños, niñas y jóvenes como parte de las poblaciones callejeras significa reconocer el carácter activo de las y los más excluidos de la estructura social de un país, es decir, grupos humanos que sobreviven con sus propios recursos en medio de las adversidades de la calle, lo que les permite la construcción de su identidad en torno a la vía pública, lo que hace evidente la vulnerabilidad social en la que se encuentran para el ejercicio de sus derechos. Esta categoría social permite acercarse a una demografía diversa y cambiante desde el enfoque de derechos humanos, y nos hace repensar este tema desde la responsabilidad del Estado para garantizar los derechos de estas personas a quienes se les niega de facto la ciudadanía.

Llegar a una definición académica de las poblaciones callejeras requirió de un intenso proceso de interacciones, [entre ellas]: la documentación de casos paradigmáticos sobre violaciones a derechos humanos de quienes sobreviven en el espacio público, y la conceptualización de la praxis educativa a través del diplomado universitario Participación Educativa con Poblaciones Callejeras, el cual impartimos a cuatro generaciones de profesionales en educación continúa de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México. Este espacio académico nos permitió llegar a la construcción de una categoría social de análisis para explicar mejor el fenómeno social con el que trabajamos, así como orientar los cambios en la práctica social de instituciones públicas y privadas.
2. Proceso para acuñar la categoría poblaciones callejeras



Es necesario destacar la alianza estratégica de El Caracol con la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (cdhdf) pues, a través de su Presidencia, de la entonces Secretaría Técnica[1] y de las visitadurías generales, logramos un diálogo muy rico para visibilizar los derechos de las poblaciones callejeras. Por ejemplo, en julio de 2002, con la visita de Juan Pablo ii, el Gobierno del Distrito Federal emprendió acciones de limpieza social contra los grupos callejeros, por lo que El Caracol y la Redim presentaron un nuevo tipo de quejas ante la cdhdf: Discriminación por condición social y violación a los derechos de protección. Éste fue el primero de un conjunto de casos paradigmáticos documentados ante este organismo público autónomo, los cuales derivaron varios años después en la Recomendación 14/2008 a la Secretaría de Salud y en la Recomendación 23/2009 a la Secretaría de Seguridad Pública y las delegaciones Cuauhtémoc, Venustiano Carranza y Gustavo A. Madero por la violación sistemática a los derechos humanos de las poblaciones callejeras.

Las poblaciones callejeras y su derecho a la ciudad


 Las organizaciones sociales hemos generado las condiciones técnicas y políticas para aprovechar las oportunidades de incidencia que ofrecen las coyunturas políticas. Fue el caso del proceso de construcción del Diagnóstico de Derechos Humanos del Distrito Federal y del Programa de Derechos Humanos del Distrito Federal (pdhdf), programa al que se incorporó a la población callejera. Esto constituyó un gran logro político para incidir en la agenda del Gobierno del Distrito Federal. Aun cuando están definidas las estrategias y líneas de acción para modificar la acción pública, es evidente que este grupo de población altamente discriminado sigue enfrentando mucha resistencia institucional; sin embargo, se han abierto canales de diálogo con diversas dependencias públicas, las que ahora buscan otras maneras de atender –con dificultades presupuestales– a la población callejera.


Aproximarse al fenómeno social callejero a partir del derecho a la no discriminación de las poblaciones callejeras problematiza las viejas miradas y demanda el reconocimiento de este grupo social como ciudadanos en una expresión demográfica emergente, con identidad y cultura propia, que los lleva a concebir la calle como espacio social para la obtención y generación de recursos propios. Pero, sobre todo, hablar de poblaciones callejeras significa abrir el debate público desde la diversidad, para reconocerlos como sujetos de derecho y destacar que la garantía de sus derechos depende de la responsabilidad del Estado mexicano para diseñar políticas públicas dirigidas a este sector de la población.

3. Incidencia de las poblaciones callejeras en la agenda gubernamental

En la figura 3 se muestra la dinámica del proceso de incidencia de las poblaciones callejeras, que parte de la deliberación de temáticas específicas, pasa por los consensos que se traducen en la agenda pública o política, hasta convertirse en una agenda programática y presupuestal del gobierno del Distrito Federal. Es así que desde las organizaciones sociales se asume la tarea de presión social mediante el monitoreo y evaluación de las acciones del gobierno local en torno al cumplimiento de los derechos humanos de las poblaciones callejeras en el marco del pdhdf.


Retos para enfrentar la discriminación contra las poblaciones callejeras

El desafío mayor a favor de los grupos discriminados está en la creación de espacios y mecanismos claros de participación. Aun cuando esto parece un punto de llegada, al mismo tiempo es un camino por recorrer junto con las poblaciones callejeras, que al carecer de interacción con las autoridades enfrentan temores y prejuicios para hacer valer sus derechos. Es central que desde las acciones de las organizaciones sociales y las instituciones públicas se realice un esfuerzo constante y decididamente pedagógico para aprender juntos a comunicarnos. Como diría Paulo Freire, la práctica dialógica que transforma a todas y todos los implicados.


Otro de los retos está en fortalecer las articulaciones entre profesionales, instituciones y organizaciones sociales para crear una renovada práctica social desde el enfoque de derechos humanos, que permita crear una “nueva institucionalidad” basada en prácticas, normativas y perfiles profesionales que respondan a escenarios distintos, donde el Estado es garante de derechos y las poblaciones callejeras son ciudadanos que buscan las justiciabilidad de sus derechos negados y [existen] actores que monitorean, señalan y sugieren alternativas para cumplir con los tratados internacionales en materia de derechos humanos.


¿Lograremos una cultura del respeto y de no discriminación para las poblaciones callejeras? La interrogante es amplia y propicia la ocasión para la especulación o la esperanza, según se decida. Pero si avanzamos en clave propositiva, es central la lucha contra la impunidad ante la violación de los derechos humanos de esta población. Si mostramos avances en este campo, lograremos mejorar la impartición de justicia, ganar la confianza de grupos humanos tan maltratados y fortalecer la institucionalidad de un Estado que asume sus obligaciones jurídicas y políticas contra la exclusión social. Las y los lectores se quedarán con la impresión de una aspiración social; sin embargo, el planteamiento tiene su origen en el carácter obligatorio de la promoción y la protección de los derechos humanos, y sobre las cuales todas y todos los ciudadanos tenemos que asumir nuestra corresponsabilidad a través de la exigibilidad y justiciabilidad de los derechos. Falta mucho por hacer, pero hemos iniciado el camino.



[1] Esta área se denomina actualmente Secretaría para la Promoción de los Derechos Humanos e Incidencia en Políticas públicas.





[1] Ciudad de México: estudio de los niños callejeros. Resumen ejecutivo, México, Comisión para el Estudio de los Niños Callejeros, 1992.




[1] Recomendaría al lector acercarse al documental El árbol olvidado (2009) de Luis Rincón, director que regresa al barrio donde Luis Buñuel filmó en 1950 Los olvidados y encuentra que la realidad de miseria y exclusión social parecen repetirse en nuevos personajes.
[2] Un breve recorrido por el portal electrónico de El Caracol muestra la amplia producción de materiales educativos desde el enfoque de derechos humanos de las poblaciones callejeras, disponible en , página consultada el 16 de marzo de 2012.

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